Casa
Aquí me machuco los dedos, parto velozmente la carne, cuelgo la ropa en cuerdas de alta tensión, abro las ventanas y las cosas perdidas vienen a mi encuentro.
Aquí aprendí a alterarme las pestañas con una cuchara vieja para cargarlas de nylon frente a los espejos, a esconderme bajo los sillones para evitar palizas. Aquí cambié de nombre, comí pastel con restos de números de cera y tendí mi brazo para inyectarme curas temporales; aprendí a bailar y a recibir parientes embalsamados por manos extrañas, aquí abracé a mis abuelos y lloré hasta el desmayo.
Aquí duermo con la imagen de un mar que me cubre.
Aquí nombro cosas que la muerte no entiende.
Aquí canto en mí.
lunes, 12 de julio de 2010
Superficies rugosas
Me he quedado sin palabras. La tesis no sale, ni cualquier otra cosa que tenga que ver con escribir. Tengo una bola de sensaciones atoradas en la punta de la lengua. Bonitas, raras, nuevas, emocionantes, sosas y conocidas. Pero -sobretodo- rugosas, tanto que no fluyen. Esta tarde en mi frustración me puse a humear entre los libros de mi mamá y, como siempre me sucede, encontré la opción justa. Claudia Berrueto con su Polvo doméstico.
lunes, 28 de junio de 2010
Una vez
(ya sé que no he escrito aquí nada últimamente. Culpen a la tesis. Dejo aquí algo de Wenders. Por favor disculpen mi mala traducción del inglés)


Wim Wenders. Once. Schirmer Art Books
Una vez vi a un hombre en el Aeropuerto La Guardia de Nueva York cargando un niño pequeño en sus hombros. Estaba rodeado de maletas. Era el inicio de la temporada vacacional y el aeropuerto estaba atiborrado de gente. El hombre era realmente alto, su cabeza y hombros sobresalían de todos los demás. Gritaba el nombre de su esposa, primero hacia un lado y luego hacia el otro, esperando alguna respuesta. Pero no hubo ninguna.“¡Diane!”
El niño sobre sus hombros se sujetaba con temor de la cabeza de su padre. Se veía exhausto.
Caminé entre la multitud a la otra terminal hasta llegar a una sala de espera idéntica a la primera, igualmente colmada de personas que salían de vacaciones.
En medio de la muchedumbre estaba una mujer con un niño sobre sus hombros. También ella estaba rodeada de maletas. El niño que cargaba estaba durmiendo. Era la imagen viviente del primer niño, su hermano gemelo. Incluso estaba vestido de la misma forma.
La mujer gritó “¡Richard!”
Yo traté de llamar la atención de la mujer elevando mis manos sobre la masa, señalándola a ella y después indicándole donde había visto a su esposo y al gemelo.
Ella volteó hacia donde yo estaba pero no me vio. Llena de pánico continuó gritando el nombre de Richard.
Yo tuve que irme.
Por supuesto que no tomé ninguna foto, pero ellos dos se han arraigado a mi memoria como si los hubiera fotografiado. Estas dos fotos del Aeropuerto La Guardia las tomé en otro momento, a la memoria de Richard y Diane.


Wim Wenders. Once. Schirmer Art Books
domingo, 30 de mayo de 2010
Ellos
él me preparaba huevos cocidos y té negro para el desayuno
él me seguía por esa calle larga cuando le pedía que se fuera
él sonreía con el sol
él me brazaba las piernas para que no me lastimaran las puertas del microbus
él me traía litchis
él tenía brazos enormes y ojos de mar
él se vestía de amarillo
él tenía dos lunares en el cuello como mordida de vampiro
él me regaló un anillo y me pidió que nos casáramos
él tomaba ice combinado de limón y cereza
él no podía estar con la tele apagada
él fumaba mucho y después no
él tomaba café negro por la mañana y luego decía "ahhh"
él escuchaba el mismo disco de Neil Young todas las mañanas
él me cantaba esa canción de los Beatles
él llegaba tarde con frecuencia y muchas veces no llegaba
él inventaba las mejores historias sobre letras que cobraban vida y vivían grandes aventuras
él preparaba chocolate con agua
él olía siempre bien
él manejaba un mustang del 77
él me llamaba por mi nombre cuando nadie más podía pronunciarlo
él amaba los cinnabons
él decía que yo era rara
él me hacía reir como nadie
él no me dio su teléfono
él me hacía temblar
él me compartía de su torta y yo de mi lunch
él me llevó al mar más hermoso que he visto
él se había ido cuando voltée hacia atrás
él usaba botas y cinturón
él era dulce por dentro y dulce por fuera
él jugaba maquinitas
él tenía un padre y un hermano más guapos que él
él me compraba cosas caras
él me compraba cosas chiquitas y bonitas
él se quedaba cayado y yo sabía exactamente lo que significaba
él podía andar en bici sin tomar el manubrio
él traía pizza y película para cenar
él nunca me regaló flores
él me regaló un fósil
él apareció un 14 de febrero junto con una manita de la suerte que decía "el amor anda cerca"
él decía que yo estaba bien horneda y él a medio hornear y que sus lunares eran de chocolate
él me llevó al puerto
él me pidió que no me fuera
él también
él no dijo nada
él tampoco
él no se quedó
él me seguía por esa calle larga cuando le pedía que se fuera
él sonreía con el sol
él me brazaba las piernas para que no me lastimaran las puertas del microbus
él me traía litchis
él tenía brazos enormes y ojos de mar
él se vestía de amarillo
él tenía dos lunares en el cuello como mordida de vampiro
él me regaló un anillo y me pidió que nos casáramos
él tomaba ice combinado de limón y cereza
él no podía estar con la tele apagada
él fumaba mucho y después no
él tomaba café negro por la mañana y luego decía "ahhh"
él escuchaba el mismo disco de Neil Young todas las mañanas
él me cantaba esa canción de los Beatles
él llegaba tarde con frecuencia y muchas veces no llegaba
él inventaba las mejores historias sobre letras que cobraban vida y vivían grandes aventuras
él preparaba chocolate con agua
él olía siempre bien
él manejaba un mustang del 77
él me llamaba por mi nombre cuando nadie más podía pronunciarlo
él amaba los cinnabons
él decía que yo era rara
él me hacía reir como nadie
él no me dio su teléfono
él me hacía temblar
él me compartía de su torta y yo de mi lunch
él me llevó al mar más hermoso que he visto
él se había ido cuando voltée hacia atrás
él usaba botas y cinturón
él era dulce por dentro y dulce por fuera
él jugaba maquinitas
él tenía un padre y un hermano más guapos que él
él me compraba cosas caras
él me compraba cosas chiquitas y bonitas
él se quedaba cayado y yo sabía exactamente lo que significaba
él podía andar en bici sin tomar el manubrio
él traía pizza y película para cenar
él nunca me regaló flores
él me regaló un fósil
él apareció un 14 de febrero junto con una manita de la suerte que decía "el amor anda cerca"
él decía que yo estaba bien horneda y él a medio hornear y que sus lunares eran de chocolate
él me llevó al puerto
él me pidió que no me fuera
él también
él no dijo nada
él tampoco
él no se quedó
viernes, 28 de mayo de 2010
Para grabar en mi pared
Los filósofos que han especulado sobre la significación de la vida y el destino del hombre no han notado lo suficiente que la naturaleza se ha tomado la molestia de informarnos sobre sí misma. Ella nos advierte por un signo preciso que nuestro destino está alcanzado. Ese signo es la alegría. Digo la alegría, no digo el placer.
El placer no es más que un artificio imaginado por la naturaleza para obtener del ser viviente la conservación de la vida; no indica la dirección en la que la vida es lanzada. Pero la alegría anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha ganado terreno, que ha conseguido una victoria: toda gran alegría tiene un acento triunfal.
Ahora bien, si tomamos en cuenta esta indicación y si seguimos esta nueva línea de hechos, hallamos que por todas partes donde hay alegría, hay creación: más rica es la creación, más profunda es la alegría.
H. Bergson
jueves, 13 de mayo de 2010
La imagen arde
Porque la imagen es otra cosa que un simple corte practicado en el mundo de los aspectos visibles. Es una huella, un rastro, una traza visual del tiempo que quiso tocar, pero también de otros tiempos suplementarios -fatalmente anacrónicos, heterogéneos entre ellos- que no puede, como arte de la memoria, no puede aglutinar. Es ceniza mezclada de varios braseros, más o menos caliente.
En esto, la imagen arde. Arde con lo real al que, en un momento dado, se ha acercado (como se dice en los juegos de adivinanzas "caliente" cuando uno se acerca al objeto escondido). Arde por el deseo que la anima, por la intencionalidad que la estructura, por la enunciación, incluso la urgencia que manifiesta (como se dice "ardo de amor por vos" o "me consume la impaciencia"). Arde por la destrucción, por el incendio que casi la pulveriza, del que ha escapado y cuyo archivo y posible imaginación es, por consiguiente, capaz de ofrecer hoy. Arde por el resplandor, es decir por la posibilidad visual abierta por su misma consumación: verdad valiosa pero pasajera, puesto que está destinada a apagarse (como una vela que nos alumbra pero que al arder se destruye a sí misma). Arde por su intempestivo movimiento, incapaz como es de detenerse en el camino (como se dice "quemar etapas"), capaz como es de bifurcar siempre, de irse bruscamente a otra parte (como se dice "quemar la cortesía"; despedirse a la francesa). Arde por su audacia, cuando hace que todo retroceso, que toda retirada sean imposibles (como se dice "quemar las naves"). Arde por el dolor del que proviene y que procura a todo aquel que se toma el tiempo para que le importe. Finalmente, la imagen arde por la memoria, es decir que todavía arde, cuando ya no es más que ceniza: una forma de decir su esencial vocación por la supervivencia, a pesar de todo.
Pero, para saberlo, para sentirlo, hay que atreverse, hay que acercar el rostro a la ceniza. Y soplar suavemente para que la brasa, debajo, vuelva a emitir su calor, su resplandor, su peligro. Como si, de la imagen gris, se elevara una voz: "¿No ves que ardo?".
Georges Didi-Huberman.
martes, 6 de abril de 2010
OTRO LUGAR (BIS)
La primera vez que un navegante divisó en el horizonte un territorio extendido frente a las costas de la actual Sinaloa, en 1534, pensó con seguridad que se trataba de una isla. Fortún Jiménez, quien formaba parte de la tripulación en el segundo viaje de exploración enviado por Hernán Cortés a la Mar del Sur (ahora Océano Pacífico), después de amotinarse y matar al capitán de su barco cambió el rumbo del viaje, separándose de la otra nave enviada, y fue así como llegó las playas de Baja California, justo donde hoy se encuentra la ciudad de La Paz. Sin embargo, poco después de haber desembarcado, y debido al abuso de mujeres así como al saqueo que los marinos llevaron a cabo, hubo un violento enfrentamiento con los nativos en donde Fortún y otros de sus compañeros murieron, aún bajo la creencia de que habían descubierto una nueva isla. Así lo muestran algunos de los primeros mapas del nuevo continente en donde aparecía aquella recién descubierta tierra completamente rodeada por agua.
Se le nombró California, según algunos historiadores, en relación a una famosa novela de caballerías de la época llamada Las Sergas de Esplandián, como una burla a Cortés a raíz de su fracaso en el tercer viaje de exploración que él mismo realizó, cuando trató inútilmente de establecer una colonia en esas tierras que por Cédula Real le pertenecían. En la novela había una isla, la más fuerte de todo el mundo, llena de oro y playas rocosas, poblada por amazonas y donde ningún hombre tenía permitido vivir, que se llamaba, precisamente, California.*
Ésta es la historia del nombre de la calle en que la habité mis primeros 9 años de vida, misma que desconocí hasta hace muy poco y que me ha llevado a una serie de reflexiones pertinentes para el tema que me compete.
Imagino la frustración de Cortés después de invertir cantidades enormes de dinero en tres viajes de exploración hacia un territorio completamente desconocido; aventurándose, como tantos otros exploradores de antaño, a lo ignoto en el tiempo en que los viajes se realizaban antes que el mapa.
Eso debería ser lo que constituyera a un verdadero explorador: aquél que dibujara el mapa con su recorrido. Ese que descubre una isla, ese otro que después de bordear toda la costa encuentra que en realidad se trata de una península. Ese para quien no hay un camino ni destino fijo, sólo territorio y tiempo y todo lo que pueda suceder en medio.
Ahora bien, es importante recordar que quienes realmente trazaban los mapas oficiales eran los cartógrafos, pero la labor de los exploradores era básica, aún cuando se limitara a aportar información que los primeros iban incorporando en su representación del mundo. Su memoria -prodigiosa, imaginativa, parca o borrosa- fue sobre la que se construyó nuestra idea de mundo, así como la de los reyes que nunca conocieron su imperio y la de todos los demás que por una u otra razón no tuvieron o tuvimos la oportunidad de darle la vuelta, de cruzar todos sus mares, de recorrer cada territorio, bordear todas y cada una de sus costas para comprobarlo;

Sí, de cierta forma aquellos exploradores trazaron los mapas.
* es.wikipedia.org
**Philippe Parreno y Rirkrit Tiravanija. Del soundtrack original de Stories are Propaganda. 2005. 35mm/DVD, 8mn40
Se le nombró California, según algunos historiadores, en relación a una famosa novela de caballerías de la época llamada Las Sergas de Esplandián, como una burla a Cortés a raíz de su fracaso en el tercer viaje de exploración que él mismo realizó, cuando trató inútilmente de establecer una colonia en esas tierras que por Cédula Real le pertenecían. En la novela había una isla, la más fuerte de todo el mundo, llena de oro y playas rocosas, poblada por amazonas y donde ningún hombre tenía permitido vivir, que se llamaba, precisamente, California.*
Ésta es la historia del nombre de la calle en que la habité mis primeros 9 años de vida, misma que desconocí hasta hace muy poco y que me ha llevado a una serie de reflexiones pertinentes para el tema que me compete.
Imagino la frustración de Cortés después de invertir cantidades enormes de dinero en tres viajes de exploración hacia un territorio completamente desconocido; aventurándose, como tantos otros exploradores de antaño, a lo ignoto en el tiempo en que los viajes se realizaban antes que el mapa.
Eso debería ser lo que constituyera a un verdadero explorador: aquél que dibujara el mapa con su recorrido. Ese que descubre una isla, ese otro que después de bordear toda la costa encuentra que en realidad se trata de una península. Ese para quien no hay un camino ni destino fijo, sólo territorio y tiempo y todo lo que pueda suceder en medio.
Ahora bien, es importante recordar que quienes realmente trazaban los mapas oficiales eran los cartógrafos, pero la labor de los exploradores era básica, aún cuando se limitara a aportar información que los primeros iban incorporando en su representación del mundo. Su memoria -prodigiosa, imaginativa, parca o borrosa- fue sobre la que se construyó nuestra idea de mundo, así como la de los reyes que nunca conocieron su imperio y la de todos los demás que por una u otra razón no tuvieron o tuvimos la oportunidad de darle la vuelta, de cruzar todos sus mares, de recorrer cada territorio, bordear todas y cada una de sus costas para comprobarlo;
antes de que la aventura se volviera un deporte y la naturaleza un escenario, (…) antes de que los cinturones de seguridad sonaran cuando no están abrochados (…) antes de que googlear se convirtiera en un aspecto de la conducta humana. En los viejos tiempos en que cada segunda persona no era un héroe y cada tercera no era una víctima y cada cuarta no estaba estresada, antes de que tuviéramos una identidad en línea (...) antes de que el nitrógeno líquido se usara para hacer helado instantáneo, antes de que pudieras obtener un expreso en Hamburgo o Milwaukee. Cuando la comida Thai era exótica y el colesterol era sólo una palabra usada para jugar Scrabble (…)**

Sí, de cierta forma aquellos exploradores trazaron los mapas.
* es.wikipedia.org
**Philippe Parreno y Rirkrit Tiravanija. Del soundtrack original de Stories are Propaganda. 2005. 35mm/DVD, 8mn40
domingo, 21 de marzo de 2010
Hace mucho tiempo que yo no:
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
